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#DÍADELAMADRE: Conoce a Viviana Navarrete, la mamá detrás de la enóloga del año

por: Fernanda Schmied
Fernanda Schmied

“La enología es un trabajo súper demandante y muchas veces incompatible con la familia, pero es algo con lo cual vivo y he tenido que acarrear durante los 19 años que llevo en la industria. El sentimiento de culpabilidad y de mamá ‘al debe’ es constante, sobre todo en la época de la vendimia que son prácticamente 3 meses durante los cuales desaparezco de mi casa, me olvido de niños y marido”. Con esta frase empieza nuestra conversación con Viviana Navarrete, enóloga jefe de Viña Leyda -donde lleva 13 años trabajando en el segmento de vinos Reserva y de alta gama- quien fue elegida por el MW inglés Tim Atkin como “Enóloga del Año” en su “Chile 2020 Special Report”.

De su labor profesional se sabe bastante. Su nombre lleva años sonando constantemente como uno de los mejores de la industria. De hecho el propio Atkin reconoce que la integración de mujeres en el sector vitivinícola chileno ha sido uno de los factores más importantes en los favorables resultados del vino chileno del último tiempo.

Como estamos ad-portas del Día de la Madre, quisimos preguntarle primero cómo lo hace para dividir su tiempo entre la viña, las bodegas y su familia, entendiendo que su trabajo -si bien es poco común- sí se asemeja al de miles de mujeres que todos los días salen de sus hogares a trabajar.

Siguiendo con la época de vendimia, Viviana agrega que “los fines de semanas hay que estar en la viña, se llega a la casa a las 10 de la noche, entonces no estoy para apoyar en las tareas, regalonear, ni nada. Mi cabeza está 100% en los vinos, obviamente es agotador y desgastante, pero mi familia lo entiende y saben que durante esos meses tengo un trabajo fuerte y que la mamá está ausente”

¿Y el resto del año puedes retomar un poco de normalidad?

Trato de ponerme al día con ellos, pero inevitablemente vienen los viajes comerciales, el apoyo a las ventas, entonces me toca viajar, recibir a críticos, dar entrevistas…. La verdad es que cada vez me da más angustia viajar y dejar a mis niños, porque también están más grandes; José Domingo tiene 10 años, la Isidora 8 y la Emilia recién 5, entonces están en una edad que demandan harto a la mamá.

La industria vitivinícola y sus trabajadores atraviesan la misma crisis sanitaria que el resto del país, ¿cómo ha sido en tu caso?

Esta vendimia fue muy complicada por todo el contexto, todo Chile y el mundo entero en cuarentena, muchas familias estaban en sus casas, los amigos de mis hijos estudiaban con sus mamás… Pero la loca de su mamá andaba “vendimeando” y corriendo por los viñedos, entonces eso a ellos no les cuadraba. Por supuesto apareció el sentimiento de culpabilidad, de que no estaba en casa ayudándolos con las tareas o lo que fuera, no imprimí ninguna guía, no hice ninguna actividad con ellos, hasta que terminó mi vendimia…

Agotador…

Sí, es súper desgastante, y uno como mamá estás en el límite, y en vendimia es como un jaque mate. Se te junta toda la pasión e intensidad por conseguir el mejor producto, con la presión de cumplir en casa con los niños. Es tremendo, pero tiene su lado precioso, que es cuando uno logra transmitirles a los niños lo importante que es tu trabajo, lo mucho que te apasiona y disfrutas.

Me encanta lo que hago, me encanta viña Leyda, disfruto hacer Pinot Noir, entonces es una cosa que lo llevo en la piel, y cuando consigo transmitirlo a mis hijos, lo entienden. Me llena el alma cuando los llevo al supermercado y en vez de irse a la góndola de los chocolates o juguetes, se van a las góndolas
de los vinos y cuando ven las etiquetas de viña Leyda, gritan de emoción.

Y en lo práctico, ¿te trasladas todos los días a la viña?

Antes vivíamos en Santiago, en Los Trapenses, entonces era moverse de la cordillera hacia la costa, porque la viña está en Leyda, llegando a San Antonio. Y la bodega donde trabajo queda en Isla de Maipo, entonces era mucho traslado, fue así como 5 años, y al final me empezó a pasar la cuenta: no podía ir a las reuniones de colegio, no estaba para las tareas. Decidimos venirnos a Talagante, cambiamos de estilo de vida, cambiamos a los niños de colegio y ahora estoy a 20 minutos de la bodega. Diría que he conseguido un balance perfecto. Y bueno, mi marido, Fernando, también es enólogo, entiende este ritmo fuerte, entonces ahí tengo un buen partner que me ayuda bastante a cubrirme cuando no estoy.